Trad. Eric Leunam
Capitulo 1
ME conocen como el especialista, brindo servicios muy específicos. El despachador me dice quién es el cliente, me da las coordenadas y yo hago el trabajo. Antes de entrar en lo que importa —Kirsten, Ziff, D. S., Sangre de Toro— voy a contar como fueron algunos de mis trabajos.
El último fue en la nochebuena. El despachador me dio una dirección y me dijo dónde encontrar al cliente. El cliente estaba dando una gran fiesta en su casa, bastaba llegar con una caja forrada para entrar. El despachador era un tipo muy blanco, rubio, alto y delgado, llevaba siempre un traje negro, camisa blanca, corbata negra y lentes de sol. Me pagaba bien.
"El cliente va vestido de Santa y tiene una verruga en el lado derecho de la nariz."
Siempre odié, desde niño, a esos santas haciendo ¡Jo, jo, jo! Sé que el odio es un brote de locura, como dijo Horacio, Ira furor brevis est, pero nadie está libre de él. Me puse ropa planchada, con una caja vacía hice una enorme caja de regalo. Puse bajo la camisa mi Beretta con silenciador y toqué el timbre de la casa del cliente.
"Entra, entra", dijo, "¡Feliz Navidad!".
"¡Haz Jo, jo, jo para mí!", le pedí, mientras buscaba la verruga de la nariz.
"¡Jo, jo, jo!", hizo.
Le di un tiro en la cabeza. Siempre doy un tiro en la cabeza. Con los nuevos chalecos antibalas, aquella técnica de disparar al tercer botón de la camisa para perforar el corazón puede no funcionar.
Ah, me acordé de otro trabajo que hice, no digo que con placer, pero si con cierto gusto. Al principio sentí ciertos escrúpulos, el sujeto tenía muchos hijos, niños y niñas.
En ese caso vi al cliente antes del hacer el trabajo. Llegaba en coche y la puerta automática de la cochera demoraba en abrir. Dentro de mi coche, al otro lado de la calle, tuve oportunidad de observarlo. Era un tipo ni gordo ni flaco, bien vestido.
Debían llevarse bien con los niños, siempre estaba acompañado por uno de ellos. A la mierda, pensé, voy a hacer mi trabajo. Pero dentro de mí sentía cierto malestar, creo que estaba empezando a ablandarme, y para un asesino profesional la peor cosa del mundo es tener una conciencia, no hay cosas buenas y malas, todo es la misma mierda.
Nunca observé a las criaturas con atención, lo cual fue un error, nosotros tenemos que ver todo, un asesino profesional no mira, ve, esa es su principal virtud: ver, videre, acrius, como decía Cicerón, ver bien. Yo, estúpidamente, no vi que las criaturas, niños y niñas que iban de los nueve a los once años, nunca eran los mismos. Algunos estaban mal vestidos, otros eran mulatos y cierta ocasión el muchacho era un chino o algo así. El puto cliente era un pedófilo. Ninguno era hijo suyo.
Algunos dicen que esto es normal, que alrededor del diez por ciento de los hombres son pedófilos, y hay quien dice que la pedofilia es una enfermedad. No me interesa, sea lo que sea no me gustan los pedófilos.
Entrar en el garaje del cliente no fue difícil. Pegué mi coche detrás del suyo y cuando la puerta se abrió entré junto con él. Cuando estacionamos los autos él dijo que lo que hice estaba prohibido, debía entrar un coche a la vez.
Le respondí que tenía razón, que yo era nuevo en el edificio. Estaba acompañado por un niño que no tenía más de nueve años.
Bajé en el mismo piso que él, el pasillo estaba vacío y le metí con fuerza el cañón de la pistola en las costillas. "Abra la puerta del apartamento", le dije.
Entramos.
"¿Quieres dinero, no es así?"
"Si", respondí.
Fuimos a una caja fuerte, la abrió. Había un montón de dinero allí.
"Póngalos en un bolsa", le dije.
Él puso el dinero en la bolsa de una tienda de granos finos. Le dije al niño, "espérame en la sala".
Me quedé con el cliente frente a la caja fuerte abierta. Sin prisa, atornillando el silenciador al cañón de la pistola.
"Te di todo el dinero que tenía", dijo.
"Vete a la mierda", respondí, y le di un tiro en la cabeza.
El niño me esperaba en la sala. "Vamos", le dije.
En el garaje, tomé del coche del cliente, el control remoto de la puerta, entré en mi coche con el niño y salimos. Le pregunté donde era su casa. Era una choza en una favela.
Cuando entramos, una mujer gorda que debía tener treinta años pero parecía de cincuenta, agarró al niño por las orejas.
"Dónde has estado, eh?"
"Un muchacho me llevó a su casa para comer dulces", respondió el niño.
"No puedo salir porque te vas de vago", suspiró la gorda.
"¿Dónde estaba? Y deje al chico en paz", dije presionando el cañón de la pistola contra el pecho de la mujer.
"Tengo que trabajar para comprar comida para este chico y sus dos hermanos pequeños, mi marido se fue", respondió con los ojos muy abiertos y voz temblorosa.
"Ahora va a dejar de trabajar", dije poniendo la bolsa llena de dinero en su mano.
"Abra una cuenta de ahorros y quédese en casa cuidando a sus hijos, ¿me oyó?" Apreté el cañón de la pistola contra su rostro para dejarle una marca. Ella se quejó.
"Regresaré. Si usted no cuida de sus hijos, la golpearé, ¿entiende? Y si se busca un vividor que le robe el dinero los mato a los dos."
Por supuesto nunca regresé. Aquella favela estaba repleta de mujeres infelices, llenas de hijos, abandonadas por sus maridos. Mierda.

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