Hace tiempo, por suerte, que no me visita; pero sé, íntimamente, que no debe faltar mucho para la próxima. Es una vieja horrible, espantosa, que me produce un pavor indecible. La veo cruzar la calle, desde mi ventana en el primer piso de aquel apartamento que ocupé durante tantos años en la calle Soriano. La veo y veo que levanta la cabeza y me mira -es a mí a quien busca- y trato de levantar todas las barreras posibles para impedir que llegue: cierro las persianas, cierro la ventana, pongo una cadena en la puerta, y me quedo allí aterrado, palpitante, hasta que me despierto sudando.
Bueno, en realidad fue así la primera vez, hará unos quince años, tal vez no tanto. La segunda vez fue un poco diferente, apenas diferente, pero lo suficiente como para hacerme pensar. La vieja seguía siendo horrible, pero no tan horrible; yo seguía teniéndole miedo, pero no tanto miedo, e incluso junto con el miedo había mezclado otro sentimiento, algo parecido a la piedad, como si dijera "pobre vieja". Volví a rechazarla, y volví a despertarme inquieto, pero ya no sudando ni con palpitaciones, sino con una gran profundidad vacía de pensamiento, un gran signo de interrogación.
¿Cómo será la próxima vez? ¿Llegará a parecerme una mujer hermosa? ¿O la piedad será tan grande como para dialogar con ella aunque siga siendo horrible? ¿Dejaré que me lleve? ¿En esta próxima aparición, o en la siguiente, o en alguna otra más distante en el tiempo?
de Irrupciones
Publicado originalmente en INSOMNIA Nº 118,
suplemento de POSDATA Nº 289,
14 de abril de 2000.

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